El médico

Imss Toluca

Andrés Becerril Hurtado (Cuento corto)

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Tendría como 10 años cuando te vi por primera vez. Mi amigo y vecino Fernando le pidió a mamá permiso para que lo acompañara a ver y a recoger a su mamá a su trabajo, era en la clínica del seguro social. Ella tenía el turno de la tarde y era la encargada de la farmacia. No era mi camino habitual en ese entonces a pesar de que estaba más o menos cerca de donde vivíamos. De hecho, yo no conocía la clínica más que de lejos. Ahí fue donde te mire con tu cabello largo, tu camisa y pantalones todos sucios y remendados, así como tus zapatos viejos. Eras un adulto joven como perdido de la razón, pero en ese momento no pregunté y ni siquiera le hice un comentario a Fernando de ti, solo te observé y de loquito no te baje en mis pensamientos.

No me inspiraste miedo no sé porque, en tu mirada había una gran tristeza y no una mirada de maldad. Llegamos a la farmacia y ahí nos esperamos a que la cerrara para irnos a nuestras casas junto con ella. Al regreso te volví a ver al lado de la estatua de la madre amamantando a un bebé, ya después en mi adolescencia supe que era el emblema o símbolo del seguro social. Lo que más me extrañó es no haberte visto antes, pero como ya mencioné la clínica solo la conocía de lejos, pero pasábamos por ahí en la contra esquina de la calle de Miguel Hidalgo y Josefa Ortiz de Domínguez rumbo a la iglesia donde mis hermanos, mi mamá y yo escuchábamos misa.

En contra esquina se alcanzaba a ver bien el teatro y la estatua ya referida. Dónde te vi entre semana. A raíz de nuestro primer encuentro, que se hizo más frecuente verte entre semana por que Fernando seguía pasando por mí para ir por su mamá. Los domingos te buscaba a ver si te veía, creo que por ser de día no te encontrabas ahí.

Pasaron algunos años y siempre me pregunté por qué estabas así y por qué no te ayudaban, pero no me atrevía a preguntarle a nadie el porqué de tu locura, hasta que un día en la casa a la hora de la cena como siempre nos juntamos todos mis hermanos y mi mamá. Mi hermano Armando te mencionó por la manera tan extraña en que dormías. Ese fue el momento que aproveche para preguntar a mi hermano por ti, lo más chistoso es que mis hermanas y mi hermano Marco hicieron lo mismo y mi mamá también externó, por qué estabas loquito y por qué no te echaban del seguro social. No sé si sabías a ciencia cierta lo que le había pasado al loquito, pero según nos empezaste a contar. Para ese entonces ya tenía yo 16 años y te veía casi a diario por que mis amigos y yo íbamos mucho a jugar a el campo de fútbol atrás de la clínica o a el jardín de la iglesia.

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Mi hermano comenzó su relato, fue cuando nos enteramos que te habías convertido en toda una leyenda, eras un médico con especialidad en ginecología, que eras muy brillante y que ayudabas mucho a tus pacientes. Por lo tanto, muy respetado en la institución. Pero un día lamentablemente llegó tu esposa a urgencias de la clínica con dolores de parto de tu hijo que estaba por nacer prematuramente, traía una hemorragia muy fuerte, tú eras el médico de guardia, te apresúrate a atenderla, estaba muy grave, a pesar de tu esfuerzo y todos tus conocimientos no pudiste salvar de la muerte ni a tu esposa ni a tu hijo.

Lloraste por días, el dolor te consumió hasta que perdiste la razón y ya nunca volviste a la realidad. Las autoridades del Seguro trataron de ayudarte, pero ya eras un caso perdido, solo permitieron que te quedarás en sus instalaciones a vivir. Dormías debajo del teatro, de la forma tan extraña en que dormías mi hermano nos explicó que no te recostabas a dormir, sino que lo hacías parado y doblado en forma de arco, rodando tus manos con el suelo.

La gente no se percataba porque encima te ponías cobijas y a lo lejos solo se veía como una montaña de ropa o sarapes. En ese momento mi mamá exclamó – cómo puede ser eso- y Armando le explicó, si madre fíjate bien un día que pases por ahí ya en la noche y te darás cuenta que es verdad lo que te digo y a ustedes hermanos también si llegan a pasar obsérvenlo y verán que si duerme muy raro. Hasta ahí quedó esa explicación.

Semanas después mi mamá nos llevó a Marco a mis hermanas y a mí al cine, Armando no estaba, por eso no nos acompañó, de regreso salimos tarde y tomamos el camión del centro a la esquina del seguro social para caminar tres cuadras y llegar a la casa. Por lo que tuvimos que pasar por donde se quedaba a dormir el Dr. y exclamé ¡miren era verdad lo que nos dijo Armando se ve como una montaña de cobijas o sarapes ¡Todos nos quedamos mirando y mi mamá sólo alcanzó a exclamar, -pobre, su espalda y cintura van a terminar muy mal que Dios lo ampare y le de la paz que necesita-!

Cuando tenía ya 18 años te veía a diario. Por las tardes, en ese tiempo tuve una novia la cual vivía algo alejada del centro en una colonia que se llamaba Casa Blanca y todas las tardes iba a verla, por lo que tenía que tomar el camión en la avenida Morelos esquina con Josefa Ortiz, donde estaba la clínica. Pasaron unos tres años y deje de pasar por ahí. Ya no era mi rumbo, ya había cambiado hacia el centro, a pesar de que seguía acompañando a mi mamá a misa los domingos no te veía.

La última vez que te vi, creo ya tenía yo 21 años, ya no supe más de ti, no sé si moriste o te fuiste a otro lado. A pesar de que pregunté, nadie me supo dar razón ya de ti. Solo sé que fuiste una historia real y que tuve la oportunidad de conocerte.

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